La sinapsis del porqué

Nos ocurre a todos. A veces no resulta trivial retener en la corteza cerebral de uno aquella experiencia que días, meses o puede que años atrás dio comienzo a un proyecto de vida: el primer tiempo del primer compás de una sinfonía de la cual, por pecar de a largo plazo –cuando lo encuentre, insertaré aquí el PMID de algún artículo que explique el sentido evolutivo de esta limitación biológica–, ya solo queda el automatismo.

Hoy es 22 de enero, el año no importa. Aunque no llueve, las nubes cubren el cielo de Barcelona. Suena L’escletxa, de el Diluvi. Me hallo rodeado de marcadores de colores, intentando incorporar el equivalente a Traumatología express para dummies / Domine las osteomielitis en 7 días a mi cortical acompañante. Tal vez sea Con toda seguridad es demasiada información teniendo en cuenta la inminencia del examen. Parece imposible absorber semejante magnitud de datos. ¿Me falta tiempo? ¿No es éste un sistema de enseñanza caduco? Necesito más café.

Grosso modo, podría decirse que no es un día especial por ninguna razón. El error, precisamente, está en que sí que lo es. Lo es porque hoy escribo, escribo y al escribir, sabe por qué quien lo sepa –como acertadamente dijo una gran profesora “digau-li Déu, digau-li energia”–, se produce el equilibrio perfecto entre GABA y glutamato, esa conexión errática que evoca de nuevo aquella conclusión a la que un día llegamos, la respuesta al porqué, ¿por qué médico? ¿por qué quiero aprender si en una fractura de fémur es mejor una osteosíntesis o una artroplastia?

Ese escurridizo recuerdo, afortunadamente, alberga todas las respuestas. El trigger que ha comportado su regreso, sin embargo, es un (maravilloso) misterio. Podríamos decir que es un recuerdo idiopático, un recuerdo criptogenético o, si me permites el tuteo y el doble sentido, un recuerdo esencial. Quizá haya sido el café. Yo apuesto por la música. Sea como sea, las algo más de 400 páginas de apuntes que tengo frente a mí ya no parecen tantas, y es que de nuevo lo he recordado: quiero aprender.

Lo importante nunca fue el qué, sino el porqué.