Nunca se está suficientemente preparado

Hace ya algunas semanas, coincidiendo con el punto y final a mis vacaciones de Navidad, viví una experiencia inesperada regresando a Barcelona en un vuelo PMI↔︎BCN. Creo que cuando una vivencia define a uno, el compartirla puede aportar también a los demás una perspectiva diferente, y ése es el motivo por el cual he considerado interesante convertir este pequeño altercado en una reflexión. Sin más preámbulos, allá voy 🛫.

A poco más de las ocho de la tarde, el vuelo en cuestión aterrizaba en el aeropuerto de Barcelona-El Prat. Lo hacía sin incidencias reseñables, tal y como cabe esperar en un trayecto de tan corta duración (apenas unos 30 minutos, aunque a las aerolíneas les guste indicar que son 55, por eso de decir que han llegado antes de lo previsto).

El stress peak tuvo lugar mientras el Airbus A320 se dirigía desde la pista hacia la terminal, cuando el grito de auxilio de una mujer que se hallaba sentada un par de filas más atrás terminó con la calma. La palabras “¡Ayuda. Por favor, un médico!” resonaron en mi cabeza con un eco que se hizo audible cuando apenas unos segundos más tarde una miembro de la tripulación amplificó el llamamiento por megafonía, informando que una pasajera había perdido el conocimiento y requería asistencia.

Aunque fueron tan solo unos segundos de introspección, recuerdo con precisión todo lo que pasó por mi mente, y lo primero, sin duda, fue un “puede que te necesiten”. Con todos los sistemas de alerta activados y en medio de tal descarga de catecolaminas, la pregunta que siguió a la primera es un clásico inevitable: “Vale Guillem. Una disminución del nivel de consciencia. ¿Qué haces? Una disminución del nivel de consciencia, Guille. En un avión. ¿QUÉ HACES?”.

En situaciones así tu pensamiento deriva en un brainstorming poco productivo y cada vez más caótico en el que intentas plantear un diagnóstico diferencial. “¿Será un síncope?”, “¿una lipotimia?”. Eso por no decir que la ansiedad de la situación no juega en absoluto a tu favor. No obstante, llega un punto de inflexión en que al fin consigues centrarte, un claro “va Guillem, llevas mucho tiempo preparándote para esto. Piensa”. A partir de ese instante las ideas empiezan a estructurarse hasta que consigues evocar las maniobras básicas a las que has dedicado incluso asignaturas enteras; empiezas a repetirte una y otra vez aquella secuencia de actuación: Airway, Breathing, Circulation, Disability, Exposure. Sin descanso. ABCDE. De repente, sabes lo que tienes que hacer. Y solo entonces puedes ser útil.

Nunca es fácil enfrentarse a estos escenarios. Por suerte, el caso no tuvo mayor trascendencia al tratarse de una lipotimia probablemente relacionada con el calor de la cabina. Para mayor tranquilidad, tuvimos la buena fortuna de contar con un médico entre el pasaje, que acertadamente hubiera ostentado el liderazgo antes que un servidor, que todavía está en el camino. Aun así, de situaciones como ésta se extrae un mensaje difícil de olvidar, aprendes que no importa cuántas veces hayas practicado las maniobras, que no importa cuántos protocolos hayas memorizado: nunca estamos lo suficientemente preparados. La clave, claro está, es que con cada nueva experiencia, aunque sea de forma asintótica, nos aproximamos a estarlo.