Entre la brújula y la veleta

Hay aproximadamente unas 7.500.000.000 maneras de entender la vida. Ninguna de ellas sirve más que a su autor y sin embargo de todas se puede aprender. Los antropólogos y los neurocientíficos afirman que cada experiencia y cada interacción humana cambian nuestra forma de percibir el mundo. Que la vivencia de cada fallo, cada logro, cada pérdida y cada abrazo desencadena cambios estructurales en la red neuronal que eventualmente volverá a procesar una vivencia similar. Y yo creo en esa idea (hasta que se demuestre lo contrario, por supuesto).

No obstante, quiero creer también que nuestro grado de dependencia del medio en cuanto a capacidad de decisión no es total, e independientemente de que al final mi libre albedrío no sea más que un placebo darwiniano, procuro actuar en sintonía con aquello que me acerca más al hombre que quiero ser. Quiero creer que puedo ser brújula y no solo una veleta. Quiero elegir, pero a veces me cuesta descifrarme.

Hay días en que no entendemos lo que pensamos. Otros en que no pensamos lo que sentimos. Y hay otros días (que si además se solapan es nivel de evidencia 1A de que mereces un descanso) en que la incertidumbre no gira en torno al presente. Son ésos en que no sabemos hacia dónde vamos. Cada quién afronta el no encontrarse como humanamente puede, y en esta entrada quisiera compartir cómo lo hago yo.

Mi estrategia puede parecer rudimentaria pero resulta efectiva: una lista de objetivos. Llámese “lista de prioridades”. O “propósitos de año nuevo para los próximos 20 años”. O quizá “cosas que hacer antes de morir”. Llamémosla libremente pero con criterio. Aunque no lo parezca, el nombre que escogemos es importante, porque determina el caso que vamos a hacerle.

Centrándonos ya en los contenidos, cada uno puede organizar sus propósitos a placer. En mi caso he optado por un esquema con tres apartados: a corto plazo (proyectos –¡no tareas!), a medio plazo (grandes proyectos en los que estás o de los que quieres formar parte) y a largo plazo (proyectos de vida). Para mí es lo justo para no despertar obsesiones ni compulsiones. Pero ¡recuerda! Hazlo a tu manera o, de lo contrario, no servirá.

Cuando termines de confeccionar la lista, las tareas, conflictos y contradicciones del día a día permanecen exactamente allí donde están. Sin embargo, disponer de ella hará que en los momentos de incertidumbre te sea más fácil recordar para qué estás haciendo algo o cuál debe ser el siguiente paso.

Termino con un aviso a navegantes: huye de la obsesión. El plan no puede ser nunca una fuente de ansiedad, no pasa nada si no consigues cumplir todos los objetivos. El viento no desvía las brújulas, pero nadie dijo nunca que no existieran los imanes. Recuerda que la lista no es la meta, sino el punto de partida. Al fin y al cabo, lo esencial es el camino, y tus planes a largo plazo cambiarán de la misma forma que lo hace tu forma de entender el mundo.