De nuestra singular relación con el tiempo

Ya estamos en abril y no es precisamente día primero. Los meses se hacen mayores, y al morir se convierten en años. Hoy hace seis del accidente nuclear de Fukushima, dieciséis del «Yo quiero bailar» de Sonia y Selena, y casi diez de la presentación del primer iPhone. La flecha del tiempo no cambia nunca de sentido. Con cada segundo nos separa un segundo más de nuestro epoch. Y sigue su curso sin hacer ruido, salvo tal vez en esos días de periodicidad errante en los que nos paramos a pensar. Esos en los que una escena, un libro o el recuerdo de alguien que se ha ido se atreven a preguntarte: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué has hecho todo este tiempo? ¿cuántas millas anduviste? ¿y cuántas de ellas recorriste?

Nuestra inmanente forma de experimentar el tiempo constituye, sin lugar a duda, un fenómeno que ha despertado el interés de destacados pensadores, como Kant o Heidegger. A mi entender, cada experiencia provee de sentido y matiz al monótono conteo de segundos que con relativa exactitud registrarían un reloj o un oscilador. La vida que vivimos se cuenta únicamente mediante la sucesión de experiencias que alcanzamos a recordar. Por ende, si bien siempre subyacen las leyes físicas que rigen nuestro universo, no es cierto que no podamos interferir en el tiempo (del) que disponemos, porque la intensidad de los días que vivimos pasará a modular su recuerdo. Y es que, quien difiere el presente o vive en el recuerdo, corre el riesgo de quedarse –irónicamente– atrapado en el tiempo.

El error conceptual, que me atrevería a decir que se acrecienta en las grandes urbes –si encuentras algún estudio que lo confirme o desmienta házmelo saber y lo adjuntamos–, es que en medio del abrumador bombardeo de información al que vivimos sometidos, un modelo productivo rutinario y centrado exclusivamente en resultados no contribuye a que le saquemos partido a las horas, sino a que dediquemos más horas al partido (interprétese a placer).

Contrariamente, no se trata de hacer más cosas, sino de ser consciente de cada instante. Comentaba hace unas semanas Irene Lozano en el espacio Más Platón y menos WhatsApp de Cadena SER, que paradójicamente cada vez vivimos más, pero cada vez más sentimos que nos falta vida. Que estamos enfermos de prisa. Y permíteme añadir que, con cada año que ganamos, enfermamos más deprisa.

«Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que nos fue dado.»
—J. R. R. Tolkien

Debemos pues, replantear nuestra estrategia. En nuestras manos está lograr transformar en felicidad, bienestar y plenitud la impotencia, la ira y la frustración (además del desastre de planeta) que encontrarán las generaciones que están por venir. Hagamos que nuestros pequeños aprendan a aprender, a disfrutar de cada minuto como ahora mismo disfruto con un té y una playlist de mi momento de escritura. Es más, hagámoslo por nosotros también. Hazlo porque ante ti aguardan todavía las personas que aún no has conocido, los lugares donde nunca has estado, los abrazos que aún no has dado y todas las historias que aún no has compartido. Deténte y sé consciente del presente. Recuerda que “In the end, it’s not the years in your life that count. It’s the life in your years what matters.”
 
 

Cabecera: La persistencia de la memoria, Salvador Dalí

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